(IN)DEFENSIÓN APRENDIDA

Quienes no me han conocido en mi niñez y juventud no me creerían si les digo que era exageradamente tímida, pero lo era. Contestar el teléfono era todo un triunfo y conversaciones cotidianas como pedir 300 gramos de queso en lonchas poco menos que misión imposible. La escala del mapa pone todo en perspectiva y yo tenía escalas bien distintas para mi mundo propio y para ese otro de ahí afuera. Por fortuna tuve bastante éxito en mi propósito de pasar desapercibida y navegué con cierta solvencia la etapa educativa. Sí recuerdo, no obstante, alguna vez en que el tiro me vino de vuelta como aquel día cuando la profesora en octavo de EGB echó la bronca a toda la clase «menos a Cristina», ¡tierra trágame! no sabía dónde meterme.

Teniendo en cuenta estos antecedentes verme, tiempo después, calle abajo preguntando de local en local si tenían algún puesto de trabajo vacante fue cuando menos surrealista. Me sentía como una actriz interpretando una vida ficticia, pero era la real y era la mía. No muchos días más tarde experimenté algo muy próximo a una experiencia extracorporal. Me recuerdo con la gorra en la mano explicándole a mi jefa que no podía tratar así al personal, que aquello era una simple bocatería, que todos estábamos de paso, que a la primera a la que no le compensaba era a ella y que la VIDA no era eso sino la foto que tenía de pequeña en un velero colgada en su oficina. Las palabras brotaban de mi boca ajenas a mi entendimiento y mi descrédito era tan grande como el de mi interlocutora que me miraba ojiplática sin reaccionar.

Defensión equivale a resguardo a defensa. En psicología la «indefensión aprendida» alude al sentimiento de impotencia y desesperanza por el cual renunciamos a intentar cambiar nuestra situación porque no albergamos esperanza alguna de poder hacerlo. Yo había entrado en esa oficina dando por perdido mi trabajo pero con la determinación de decir lo que opinaba, no había hecho un cambio radical de vida para ver cómo esta señora vomitaba su ira desbocada sobre un compañero porque a un sándwich le faltara una raja de tomate. Para mi asombro, cuando acabé mi discurso esta mujer tiró mi carta de renuncia a la papelera, alabó mi valentía, me dio las gracias y me preguntó si iba a tardar mucho en volver a mi puesto de trabajo porque ya íbamos tarde. Este tipo de conquistas, por inesperadas, son las que más ensanchan nuestros mapas. Todos tenemos una estrella, creo que más veces que menos nos sorprenderíamos si nos dejásemos guiar un poco más por ella.


Cristina González Castro

EXPERTA EN EJERCICIO Y CÁNCER, EN MARCHA NÓRDICA, COACH Y DIVULGADORA

  • Grado en Radioterapia y Oncología por la University of London
  • Grado en Ciencias del Deporte, la Salud y el Ejercicio por la University of Surrey
  • Posgrado en Psicología Positiva Aplicada y Psicología del Coaching por la University of East London

VOZ PROPIA

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